jueves, mayo 03, 2018

La música, cuando yo era niño...

Cuando era niño y diagonal a la casa de mi abuela materna vivía Antonio Melián, un canario que venía de una cosa llamaba España y que estaba casado con una señora de curioso nombre, Carmucha, que, a su vez, venía de otra cosa extraña llamada Carúpano. De tal rara combinación nacieron Paquita y Anita. Las supuestas novias de mi tío -6 meses menos que yo- y mía. Por cierto, con ellas jamás nos hemos tomado ni una cerveza. Creo que ya es hora, pero esa es otra historia.
 
De tan extraña casa, todos los fines de semana, salía una música también extraña. El señor Antonio tenía la costumbre en hacer de su casa un club exclusivo donde los vecinos, de tan larga cuadra, se vestía de gala para asistir a sus sabrosas carnes asadas, de sus increíbles papas verdes y sus interminables torneos de cartas donde se apostaban con granos de caraotas o curiosas lustrosas piedritas. Allí estaban los hermanos del dueño de la casa. El Señor Enrique, con su eterno vaso lleno de hielo, ron y su 7up; su esposa, la señora Tina, con su peinado impresionante de caracol. El tío Pablo, su esposa de bellas manos, la Tía Paula, y el vozarrón del Tío Juan con su eterno broceado, con su eterna invitación para que fuéramos a la playa a quedarnos en su casa del Rincón del Pirata.
Mi familia venía de un pasado en blanco y negro. Luego de la muerte de mi padre, en julio de 1965, la música y la tele estaban prohibidos según las absurdas reglas de la época. Así que la casa de los Melián González se convirtió en una puerta para la llegada de la sonrisa y el color a nuestras vidas. En esa casa, en alguna de esas fiestas, la escuché y me volví loco. Sólo recordaba un trocito de su estribillo y pasaba todo el día canta que te canta. Luego, era natural, la olvidé. La vida y sus cosas.
Un día de vulgar fastidio y como ejercicio de memoria me dio por buscar quién era aquella cantante y cuál era aquella mi primera canción que resume mi infancia y que sólo recordaba, a duras penas, el estribillo. Con la pluma de una gallina y la tinta de un calamar...” Aun mantengo la carcajada al descubrirla.  

La cantante, la bellísima Carmen Sevilla, la canción “Cariño Trianero” de la película “Camino del rocío” con un Francisco Raval y la música de Augusto Algueró, el mismito, eso lo supe años después, de la maravillosa Penélope -alguien, como más de 45, no ha escuchado la versión de Paul Mauriat?- y del Mediterráneo de Serrat que se suena, los primeros compases, a la "Onda Nueva" de Aldemaro aunque el mismo Serrat lo niegue.

Luego llegó, con pedida de boda y todo, el disco de Chucho Avellanet cuajadito de Mil Violines y mi abuela se desató con Radio Rumbos, mientras colaba el café, y Los Indios Tabajaras cantaban “Por qué eres así”.
También descubrí que el barbero italiano de la cuadra era un personaje muy importante, un grupo de melenudos le dedicaron una canción, no entendí lo del “anillú, anillú, anillú...” El idioma italiano y sus cosas. Tiempo después comprendí que ni era para Michelle, el barbero, ni que esa canción estaba en italiano. Además, The Beatles, jamás se enteraron que existía una urbanización llamada José Rafael Pocaterra, a las puertas del Centro penitenciario de Tocuyito, ni de sus las calles de tierra, ni de la vida de un chamito que vivía soñado despierto.
Por la tele, y por Renny Otolina, pude ver, con los ojos cual platos soperos, a Miriam Makeba cantar su celebérrimo “Pata Pata” vestida cual inmenso plato de larguísimos spaguetti y, según decía mi abuelo, desnuda. Por cierto, esa señora parecía que no estaba informada. No debía decir pata. Mi abuela siempre me corregía: “No se dice pata, se dice pie. Pata tiene sólo los animales”. Luego vendría mi abuelo con aquel chiste malísimo: “En castellano se escribe pie, se lee pie, suena pie y es un pie.  Pero el inglés se escribe pie, se pronuncia pai y es torta. Eso no lo entiende nadie.”
También llegó la música de Francis Lai, la voz indescriptible de Charles Aznavour y las r largas de los franceses, todos los italianos -escuchen el Senza fine de Gino Paoli y luego hablamos-, México, Perú, Cuba, Puerto Rico, Argentina, Brasil, España integra…
Afuera, el tiempo continuaba, “Y la vida era una tombola...”, según Marisol y Augusto Algueró atacaba de nuevo.

miércoles, abril 04, 2018

In Memoriam a mi padrino y el padrino de todos mis hermanos.

El llegó y fue el primero en muchas cosas. 

Fue el primero que intentó explicarme quién era La Lupe y de esa cosa que tenía ella del ir por la vida tirando zapatos mientras cantaba. Era verle y no comprender su absoluto delirio por Celia Cruz, por ese ritmo trepidante llamado Salsa. Por su amor a su Caracas, ante todas las cosas. Así lo recuerdo. Con sus sonrisas y su particular baile en 2/4 escuchando a un novedoso Oscar D'Leon, en su dimensión latina, a todo volumen. 

No sé cuando llegó a nuestras vidas, sólo recuerdo un ramo inmenso de aves de paraíso y un disco de Chucho Avellanet, mil violines y miles de carcajadas bellas que inundó media cuadra. 


Me regaló aquella primera fiesta, en grande, de mi vida o por lo menos es la primera que recuerdo. Por algún sitio está aquella foto, en blanco y negro, donde estábamos todos, con caras de susto, y en el centro él, con mi madrina, y ella, con una inmensa columna de laca tan grande como su sonrisa.


Le recuerdo con su yoka de fresa, con su insufrible día de compras en los largos pasillos de CADA y su don de gente junto con su rol de perdona vidas. Cómo olvidar, por ejemplo, su inmensa coquetería mientras anudaba su corbata o cuando perfumaba hasta su sombra. Sus momentos de cólera y su mirada de trueno.


Él era un raro dios que ponía y quitaba medallas. A él venía la gente a preguntar cualquier tipo de preguntas. Él meditaba, dictaba sentencias y las cabezas temblaban. La gente a su alrededor sufría una inusual metamorfosis para convertirse en aquel perrito, que vi una vez en uno de sus múltiples carros, que siempre decía un lelo “sí” como respuesta. 


El amo y señor del club de la CABEL, él y sus regalos decembrinos, él y sus normas y su extraño concepto de “No hagas lo que yo hago, pues si tú lo haces es pecado”


Recuerdo viajes largos por largas carreteras y “Amémonos” de Mirna Ríos saliendo rauda por las cornetas de su Mercedes Bens. Noches largas de fiestas y más fiestas. Sergio Mendes con su Viramundo, que me hacía saltar de la cama a bailar mientras se estrenaba un nuevo año, mi primer encuentro con los Bee Gees gritandoHow Can You Mend a Broken Heart. Descubrir Barry White y escuchar, hasta no poder más, el disco de "Ice Castle".


Por él me sentí diseñador gráfico en aquellas portadas de la revista Procesa, por él Caracas se me hizo sueño mientras veía la mirada de Amelia Roman, su prima.


Y pasaron los años. Su fama creció y hasta se hizo internacional en el raro territorio de su vida. Al él le debo mi primer viaje en avión a Maracaibo disfrazado de principito en azul. 


Su influencia en mi vida, y en muchas vidas, marcó tendencias. “El Catire York” de los raros chistes y chismes de las esquinas de aquella casa de mis abuelos maternos. Todo es tan extraño como es de extraño lo que escribo y dejo de escribir recordándolo.


Confieso que me negué verle, en mi último viaje a mi agobio patrio. Yo ya esperaba su despedida y quería recordarlo como lo recuerdo hoy pero, como es la vida, lo escuché antes de montarme en el avión. Su voz ya era el recuerdo de un recuerdo. Un leve rumor de aquel trueno que movía montañas.

Y se fue, se hizo eterno y dejo mil mundos por arreglar. No soy quien para juzgar ni poner medidas por pagar. Nunca entendí sus inmensos bemoles, como tampoco su enorme generosidad. Todo un dilema con sus poliédrica personalidad de multitud de caras, todas distintas, todas complejas y todas verdaderas. De su música, toda. De sus sonrisas, siempre.


Bendición padrino y ya sabes nos debemos otras sonrisas, otras fiestas, otros horizontes, otros finales.


Hasta pronto Carlos, gracias por todo y nada, por nada y todo, fue un placer conocerte. Siempre que te recuerde lo voy hacer con una de mis mejores sonrisas, como debe recordarse los verdaderos afectos.




sábado, marzo 10, 2018

Crónicas de aeropuerto...

A veces sucede que debemos embarcar a los pasajeros por remota. Termino que se refiere cuando se lleva a los pasajeros en un bus.
Ese protocolo suele hacerse sin mayores consecuencias cuando el tiempo lo permite pero, muy de vez en cuando, sucede que la meteorología no es favorable ni agradable para los pasajeros o para el personal que debe vigilar por la seguridad como para los de la rampa y menos para el supervisor del vuelo.
Hoy me tocó hacerlo. Nuestro avión lo dejaron más allá de más nunca y allí estaba yo esperando con un frío de mil demonios pero con un sol inmenso y con ganas de irme al demonio.
En eso llegó el segundo autobús con los pasajeros rezagados, unos 11 con sus inmensas maletas de mano. Cosa que siempre sucede y no existe dios en el mundo que les enseñe que la maleta debe ser de menos de 8 kilos. Pero no, la mayoría de los pasajeros llegan, a la puerta de embarque, con escaparates y pretendiendo meterlos en cabina. Caso aparte son las madres primerizas y sus cochecitos tipo mamut. Bueno, eso es otra historia. Volvamos con la que nos compete.
Cuando estaba por subir la escalera una de las últimas pasajeros, hubo un cambio de viento, cosa usual en las pistas de aterrizaje y, como si fuera a cámara ultra lenta, la despelucó.
Vi como su peluca subía, como cinco metros, para caer dando cabriolas no sé cuántos metros aun siendo juguete del viento. El personal de rampa salió corriendo en búsqueda de la fulana peluca, una peluca en una turbina puede causar atroces consecuencias, hasta que por fin se pudo tomar. Con la misma rapidez se le devolvió a la señora…
La señora en cuestión amerita una ligera descripción. Ella era una versión de Whoopi Goldberg, más gordita y sin gracia vestida como cuando la Whoopi tenía que entregar el dinero a las monjitas, en la película Ghost, pero más apretada, con muchísimo más colores, toda una extravagancia de Jesús Soto junto a Cruz Diez en pleno delirio, y sin sombrero ni velito chic.  Demostrando toda su singracia, y presto vivace, tomó la peluca, una engendro de trenzas multicolores, y se la entornillo en la cabeza, pero colocándose la parte delantera para su nuca dejándose un look como el depredador de la película de Schwarzenegger.
El efecto fue devastador.
Cuando se dio cuenta, dio conmigo, pues yo estaba a unos palmos de ella, me miró como si tuviera entre sus manos Kalaschnikow por estrenar, entornó sus ojos, sentí el láser entre mis ojos y casi escuché decirme lentamente “usifikiri hata” en perfecto suajili.
“Ay Dios!!! De ésta no salgo.
Respiré dejando sin oxígeno medio hemisferio, me mordí la lengua, intenté no mover otro musculo, pues mi sangre ya la veía pintar media pista de aterrizaje y no era la idea.
Ella, por fin, y luego de un segundo que me pareció ocho siglos, colocó su perol capilar como debería estar y con las mismas comenzó a levitar, balanceando su cuerpo de izquierda a derecha, escaleras arriba. En ese momento, ya liberada de la presencia de la señora y lejos de su alcance, todo el personal les dio por estrenar LA carcajada.
Seguramente el vuelo ya llegó a su destino y aun nos seguimos riendo.

lunes, octubre 24, 2016

Y mientras el país se vuelve papilla.

 

Suiza en sus inmensos 41.000 km cuadrados, posee varias capitales. Berna, la capital federal. Basilea, la capital industrial. Zürich, la capital financiera. Lugano, la capital del retiro y Ginebra, la capital más internacional, la cosmopolita.

Y justamente ese es el problema de Ginebra que siendo, supuestamente, la capital más internacional y cosmopolita es la menos ciudad.

Me explico. Ginebra cuenta con todos los organismos internacionales que puedan imaginar, entre sus calles se puede escuchar casi la totalidad de idiomas del mundo, incluso los dialectos, todas las nacionalidades. Cualquier cantidad de personas, de todo el mundo, para trabajar en dichas organizaciones -los cuales, ellos, los trabajadores, no pagan impuestos, tema espinoso y que dejo de lado- llega, se instalan y no saben por cuánto tiempo van a quedarse y ello les impide colocar raíces fuertes con la ciudad. Pueden estar por una semana, un mes o toda la vida. Fabrican y nacen como hongos guetos naturales -idioma, grupo étnico, grupo laboral- y muy difícilmente se integran a otros grupos. De haber esa posibilidad, es una relación tangencial, como cuando compartimos un trasporte público o vamos a un cine.

Y si a todo ello le agregamos a los turistas, la cosa se complica un poquito más.

Por ello sostengo que Ginebra es cualquier cosa menos una ciudad cosmopolita con personalidad propia. New York es otra cosa, Paris, Londres, Ámsterdam. Aquí el sentido de pertenencia no existe o por lo menos no se hace sentir.

“Pueblo pequeño, infierno grande” le escuché una vez a mi abuelo materno. El señor de los zapatos de trapo. Ginebra lo es una ciudad pequeña y, también, un particular infierno.

Por mi trabajo conozco y medio conozco a mucha gente. Gente que va, ve, viene, pasa y se pierde como aquella canción de Milton Nascimento y Fernando Brant que Maria Rita nos regaló con su divina voz "Encontros e Despedidas". Trabajar en un aeropuerto es afinar, si se quiere, la observación y la intuición se atempera. Ves sin ver, escuchas sin oír y te enteras sin querer.

Uno ve lo que no debe ver, uno escucha lo que no se debe escuchar. Uno se entera, sin buscar, de cualquier tipo de informaciones que, sembrados en oídos pródigos, pueden desatar más de una guerra mundial. Y, lo más sano, es hacerse el pendejo, dejar que la vida siga su normal trascurrir y evitar convertirnos en Mesías. Teniendo en cuenta cómo terminó el Mesías, es mejor ni intentarlo.

No es un secreto la situación de mi país, el agobio patrio abre sus tentáculos y su roce te llega así estés a 8000 kilómetros de distancia. El frío rumor de la seda se escucha y ver el yelito del güisqui, de mayor edad, hace circulitos, en grandes vasos, con el deito.

Uno conoce a uno, que conoce a otro, que es escuchado por la otra, que se lo cuenta a aquel, que lo vio ella y que al final se lo comenta a uno que trabaja en el aeropuerto que, por casualidad, conoce a un venezolano, la rueda del chisme da otra vuelta. Lo curioso es que, si buscarlo, y por diversas fuentes, escucho el mismo cuento, la misma historia, el exacto rumor y si 8 personas, disimiles, te cuentan la misma película, es posible que no sea un simple invento estival. Y, si de repente, ves, frente a ti, al personaje en cuestión, que debería estar en Venezuela, atendiendo su negocio, o sus negocios, con EL ratón y cara de no haber dormido por días, das crédito a lo increíble o, por lo menos, te da qué pensar. ¡Qué vaina con la vida!

Bacanales en restaurantes carísimos, idas a conciertos en Paris, toldos para fiestas patrias alquilados a kilómetros de distancia. Cortos cursos de inglés, en Londres, en pleno verano. Compras de casas en la exclusiva Niza por pobres funcionarios públicos, peleas olímpicas por un florero de plata. Ir a teñirse la mata de pelo, en Roma, alojarse en un hotel llamado Imperio -con el secretario de la secretaria y largo anexos-, “ponme en la tarjeta unos 10.000 no me quiero quedar sin efectivo”, es como para reírse y no llorar. Llegadas de aviones privados con funcionarios de pobres países tercermundistas de rojo color y que van a humildes pensiones de miles de dólares por noche. “No podemos ir a otro sitio. Madrí, Parí, Asterdan y luego volvemos, ésta vaina es una ladilla”. Fiestas bañadas, literal, por litros de caldos escoceses, intoxicaciones varias por pastillitas azules y muchas chicas cultas especialistas en idiomas varios. Ida y vuelta a un poquito más allá de la frontera, usando el chofer oficial, visita a la amante de turno, sobrina de una funcionaria de allá y que está aquí haciendo un culsito de fransés. Honorarios diplomáticos que discutían con polacos y sostenían que Karol Józef Wojtyła no era de por allá, es italiano, es El Papa. Escuchar, por ejemplo, “Venezuela se caracteriza por carecer de personal diplomáticos de carrera. Ellos tienen sólo funcionarios a la carrera” y uno respirar profundo.

Es usar misiones diplomáticas cual hoteles, moteles, es la palabra exacta. La noche es corta y “muy largo el olvido”. El nepotismo patrio se hace vulgar entre el personal. “Se cogió esos riales y la mataron por deudas de juego, pero se corrió que se suicidó”, “…no me lo maten no, señor cazador…”, “yo llego, duro unos diítas y luego me voy a La Haya, por allá es la cosa. Y luego cobro por allá y por aquí”. Todo en cash, no se deja huella. Suplente, del suplente, de la secretaria, del vicepresidente y que es esposo de la secretaria, del primer secretario del secretario y no habla ni cuti, pero gana en dólares. Traslados, pagos en dólares, de personal que regresa al país y que desde hace años tiene otro cargo por allá.

Repetir formas de la cuarta…, cual es el peo, nadie lo recuerda. Volver a lo mismo pero distinto, firma ahí, nadie lo va a leer. Guárdame esto allí, luego paso. Campeonatos de futbol por la copa Míster Verruga. “Volver a Caracas…, ni de vaina. Toda mi familia está en Alemania”, “Salve Regina Mater”…, qué bonito se escucha esa vaina “in situ”.

¿Y no tienen ni papel de baño? ¿No hay medicinas? ¿Y cómo hacen? Bellísimos pasaportes diplomáticos en empleados de PDVSA que van a China en primerísima primera clase por dos semanas. Salir urgente a una reunión a la capital de Brasil, y llegar a Río, no es lo mismo? Lindísimas chicas de las Mercedes del Llano, en el propio medio del Estado Guárico, que van a Viena a ver cómo suena un vals.

Todo por el país. Trabajamos, nos sacrificamos, para que el país sea respetado. Es difícil no comer una arepa con diablito. Aquí ni queso blanco hay. Las lechosas son de juguete. Ya mi hijo está en Lisboa para jugar futbol, ya me llegaron los biyuyos, el ministerio me dio luz verde. ¿Qué te traigo de nuyol?

Ginebra.

Suiza, en sus inmensos 41.000 km cuadrados, posee varias capitales. Berna, la capital federal. Basilea, la capital industrial. Zürich, la capital financiera. Lugano, la capital del retiro y Ginebra, la capital más internacional y cosmopolita.

Y me pregunto: ¿Cómo será la vaina allá por New York?

Lo que uno escucha, se entera, ve, mira, observa, por Ginebra. Lo mejor es no decir nada. Tan sólo, y es divertido, el tú sabes que yo lo sé. Es un riesgo que muchos corren. “Pueblo chiquito, infierno grande”. Luis Alberto Peña Alvarado, te juro que te vuelves a morir.

martes, agosto 16, 2016

Aquel 1990

Corría, con cierta elegancia, el año 1990. En febrero de ese año se había muerto, de muerte natural, ese raro bosquejo de pareja que yo, como buen terco tauro, me inventé crear. Fue vivir “100 años de completa soledad” mal escrito, con ocho cucharadas, soperas, de todas las novelas de Isabel Allende, versionadas por una Delia Fiallo borracha, peor actuada y aquella canción, de Lani Hall, como tema central.

“He cometido un gran error
enamorarme sin contar contigo.”

Esa canción era el patético leitmotiv de esa absurda malanovela. Luego, 20 años después, no sólo confirmé, lo malazo de ese bodrio. Cada vez que mi ex me llamaba al escuchar su voz, pensaba un largo  “Pero, ¡¡¡cómo pude!!!”. Si uno no se respeta, cómo demonios puede lograr que le amen y le respeten. Sonará a un soberano pase de factura. Nada más lejos de ello. Es parte de la vida que me tocó vivir. Lo que no es, nunca fue ni será, por más que deseemos que sea. Pero esa es otra historia, y recordarla, no es la idea.

Vuelvo al cuento bonito y la hermosa razón de lo que intento escribir. 

Estábamos en el año 1990. Lo cierto es que en los primeros meses de ese año media universidad -la UCAB- estaba enganchada mirando aquella pequeña maravilla llamada Vale Tudo. Profesores y alumnos salían corriendo para estar frente a la televisión a las 9 en punto. Por supuesto, también yo.

Me fue inevitable engancharme a la trama y, sobre todo, a la música. De todos los temas, hubo uno en especial, el de la cortina sonora de la relación de Alfonso y Solange. Su título "Faz Parte do Meu Show". Un tema que tiene la magia, y la llave, para hacerme llorar a mares, es como si mi alma saliera de mí y me dejara sin aliento. Puede convertir mi mente papilla y volverme a reconstruir al mismo tiempo.

La compañía, donde por ese entonces trabajaba, me dio un bono de unos largos 1000 dólares, una fortuna para aquella época y toda una sorpresa para mí. Me sentí millonario y dueño del mundo. En eso me encontré, al vuelo, con Orlando Aguilar -una de las voces más hermosas que han escuchado los pasillos de la Universidad de Carabobo-, a eso de las 5 de la tarde, por aquella Sabana Grande, de todos nuestros recuerdos, y debido a que él trabajaba en Etcétera Group, lugar donde se dobló Vale Tudo para Latinoamérica, le pregunté dónde podía encontrar el disco de Cazuza, y él, -bendito seas estés donde estés-, me dijo. “Allí debe haber uno o dos” y se perdió de vista. Él siempre fue así, un eterno “ahora me ves, ahora no”. Si lo ven…, me lo saludan, por favor.

 Dado que estaba frente a la tienda de disco, entré. Lo encontré. Y la gloria existe. Estrenando sonrisa y mirada me metí en las tripas de la estación “Plaza Venezuela”, personas salían, otras entraban, compré mi ticket y, frente a la máquina de la entrada a los andenes, con EL colón de gente tras de mí, me quedé, como en el limbo, por unos segundos. Me dije, y creo en voz alta: “¡Jueves!, Morella está allí…” y me devolví para caminar sobre mis pasos. Entré al bar con nombre gastronómico y de dieta mediterránea.

Morella, la de la sonrisa de Sally Bowles, la amiga y la cómplice de media vida, la que presenta gente, la que es y lo demás es lo demás, estaba allí, sentada en su trono del jueves por la tarde. "Y qué haces aquí…”, me dijo al verme, al verme. “Pensé que estabas aquí y pasé a ver si, de repente, te encontraba" respondí. “Pues…, me sorprendes. Hace unos minutos decidí venir. Por cierto, -y mirándome directamente a los ojos- ¿adivina quién va a venir hoy por aquí?”

Y la historia es larga de “Subida, bajada y brinco” como dice el poema. Me vi en sus ojos, volví a estrenar sueños y juntos, desde ese día, hemos construido un mundo: bueno, malo, terrible, raro, maravilloso, bonito, mágico, cómico, inmenso, pequeño, luminoso, curioso…, pero nuestro. Muy nuestro. Hoy hace 26 años que “Mi Ave Migratoria” y yo decidimos pintar el mundo con nuestras miradas y afrontarlo, construirlo, agarrados de mano. Es bonito saber que la vida te sonríe y es hermosa. Hoy les doy las gracias a todos los que, a lo largo de estos años, han estado allí para celebrar que la vida es un día y ese día es hoy. Y ese hoy es siempre.


Gracias.


Por favor, escuchen los primeros segundos de éste tema. Puede ser que me entiendan. Amigos les dejo al divino Cazuza

"Vago na lua deserta das pedras do Arpoador
Digo 'alo' ao inimigo
Encontro um abrigo no peito do meu traidor
Faz parte do meu show,
Faz parte do meu show, meu amor
Meu amor, meu amor, meu amor..."

PS: La primera versión era un absurdo total. Me dejé llevar por lo emotivo y lo cubrí de acentos, puntos suspensivos. Gracias, de nuevo, a mis ángeles -dos-, que me jalaron las orejas. Gracias amigas.

viernes, abril 24, 2015

18922 días, 643 lunas llenas…







La vida es una cosa extraña. Al igual que te da, te quita. Un largo mar repletos de olas que vienen, olas que se van. Y ella, la vida, cual pintoresca bibliotecaria, va colocando los libros de vidas, escritos por nosotros, en su inmensa estantería. Sí…, ya sé, no soy en lo absoluto original.


Sobre el vivir, el existir, siempre he tenido una particular forma de pensar. Nada es sin que pase por algunos de nuestros sentidos y así verificar su existencia.


Un ejemplo sencillo. A mi lado izquierdo, a unos dos metros de la mesa desde donde escribo, está una ventana abierta y en borde de ella toman el sol dos plantas. Una es una albahaca. La miro y observo sus matices de verdes y en éste momento entra, por la ventana, una sutil briza y con ella el ruido de Ginebra.


Nada de esto existe para ninguno de ustedes, pero es tan vivo para mí que ya es parte de mi vida.

Por ello cada instante es único, irrepetible, rico, un espectáculo maravilloso…, esa es la razón por la cual decidí, desde hace años, vivir, disfrutar, aprender, comprender, entender esta vida que me tocó vivir. 
 
Nunca he pretendido ser feliz…, cosa que, por demás, me parece fastidiosisisisisísima. Prefiero tener una vida plena en experiencias -buenas, males, menos buenas, menos malas, regulares, pésimas, dolorosas, plenas- para llegar, en la manera posible, ser sabio de mi vida. No pretendo marcar normas ni pautas, en la vida de los demás. Sé, en carne propia, lo dañinas que pueden ser. Tan sólo intento sugerir y la decisión es de cada uno. Cada quién tiene su manual y su forma de hacer la torta o poner la torta. Es parte del aprendizaje. 


El día que yo me muera, se irá conmigo mi mundo. Mis recuerdos, mis sentimientos, mis vivencias, mi forma de bailar, mi forma de hablar. El mundo seguirá, no va a ser el mismo, no va a existir, pues yo ya no estoy en él. No es un ataque inmenso de soberbia de mi parte…, pero de qué vale que el mundo siga, que la fiesta se mantenga, sin que uno no la disfrute?


Mi mundo comenzó un 24 de abril de 1963. He disfrutado sus 18922 días, sus 643 lunas, miles de sonrisas, miles de lágrimas y, sobre todo, estás tú. Estás en mí y te agradezco las líneas que has escrito en el libro de mi vida. Gracias por el honor de dejarme escribir alguna letra en el libro de la tuya. Espero, deseo, leer tus frases, oraciones, párrafos, capítulos. De algo estoy seguro, la vida decidirá el cómo, cuándo, dónde, por qué…, ella es así y nunca se equivoca.


Lo cierto es que he sido, soy y seré afortunado en tenerte.


Gracias por estar, por ser, por existir.

Todo lo mejor, siempre, para ti y todos tus afectos.



PS: Cuando Diego Ramón y María de Las Nieves se estrenaban como padres, en Valencia Venezuela…, aquel miércoles 24 de abril de 1963, en un lugar perdido de los Estados Unidos, una chamita cantaba en el Show de Perry Como. Qué cosa, no?

viernes, enero 02, 2015

El año que nace...

Un año se inicia. Y nos llenamos de tantas promesas -verdad Henry-, de buenas intenciones que al trascurrir de un tiempo olvidamos o, sencillamente, se diluyen entre las horas de los días por estrenar.



Se nos fue el 2014 con sus maravillas y sus horrores. Nos dejó, quizás, una arruga más, media lágrima de buena cosecha, la mirada de un amigo y la sonrisa, siempre placida, de los verdaderos afectos.



Yo tuve, en mi vida, un ser especial, al cual le llamé “La Emperatriz China”, un día ella, por vainas que ella sólo sabe, decidió encerrarse en su castillo de miles de puertas de jade, perderse en sus pasillos y salones. Lo cierto que un buen día, recostada, como tal cosa, sobre una voluta de sus suspiros me dijo: “Diego…, eres uno de mis pocos amigos que se le hacen todos los sueños realidad” y luego de respirar, todo el oxígeno de cuatro eras geológicas, me miró a los ojos y me preguntó: “Y qué piensas hacer?” mientras se tomaba su te rojo.



Pasaron setenta primaveras y “Seguir soñando”…, le respondí. No encontré otra respuesta a su pregunta.



Terminé el año montado en un avión y lo recibo montado en otro. La vida, desde el 24 de diciembre, se me volvió licuadora y aún estoy con los últimos efectos del golpe a la campaña. Llego a casa sin maletas, la conexión fue muy corta y en los aeropuertos, en estas fechas, los milagros también salen de vacaciones, y no tengo otra cosa que hacer que meditar sobre el basto terreno que supone el 2015.



Además, amigos míos, se puede tener mejor manera en perder el tiempo en una tarde gris, invernal y ginebrina?



Y, casi sin querer, me la encuentro a ella, Elaine Stritch, y recuerdo a mis amigos, a mis amigas, que han sobrevivido a terremotos, a reconstruirse después del naufragio, a maquillarse una sonrisa sin tener idea del cómo hacerlo, de aquellos que suspiran profundo y hacen cielos estrellados como si tal cosa.



Llego y me pongo a revisar email, correos, facturas por pagar, ropa que lavar y tengo hambre. Retomo la rutina y pienso en mis afectos -qué vaina con los afectos!!!-…, uno intenta comprender y hasta entender pero la realidad hace que la gente piense por ellos mismos y metan la pata, completica, justo en el hueco que hace años les dijiste “Tengan cuidado”. Y de repente, se te presentan, con el lagrimón, la tragedia, la telenovela y uno estrena, otra vez, la carita de estampita de “El Santo Corazón de Jesús”. Eso viene con el paquete de lo de ser amigo, no?



Elaine Stritch se nos fue, como muchos, el año 2014 y ya es parte de mi vida. Consuelo de tontos, dirán algunos…, “I’m still here” cantó ella y yo la descubrí hace mil años.



Todo lo mejor para Ustedes y a sonreír que si no vencen las dificultades, por lo menos confunde a los que quieren vernos vueltos papillas.



En éste 2015, que se inicia, a seguir soñando o comenzar a soñar…, pues doy fe que los sueños funcionan.



Y ya saben, “I’m still here” y lo demás es lo demás.