lunes, julio 11, 2011

Su voz llegó a mí…, casi sin querer, una tarde de 1982.

Llego su voz a mí, una tarde de 1982. En la casa de una amiga. Las cosas buenas pasan cuando menos uno se lo espera, pero pasan. Estaba, en aquella tarde, grabando un cassette –un cassette, madre de Dios!!!- tdk de 60 minutos.
“Deberías colocar ésta canción”. Me dijo ella, mi amiga y le obedecí.
Y su voz se desgranó, su voz decoró las paredes de aquel conjunto residencial, maquillando de verde la tarde dominguera de una Valencia que estrenaba y ya era historia.
Pasó el tiempo, era inevitable, a mí llegaron otros rostros, otras miradas, otros susurros, otras sonrisas y, por qué no escribirlo, otras lágrimas, lágrimas de suspiros profundos, de soledad inmensa y hasta unos cuantos gritos de dolor, de esos que ves todo negrito y sin salida. La vida misma en pasta y en cuerpo presente.
Entre tantas personas que ha entrado en mi vida, marcando huella, está Hilda. Con su voz llena de tinta gritando a Brito, llegué a su vida, o ella a la mía, de mano de Alba, su hija. Y por Alba, de repente, llegó Nini con su mundo de música, flauta y cuatro. En una de sus fiestas, las de Nini, llegó Luis Augusto, Guaguancó, en su visto y no visto. Se perdió por las escaleras un 9 de octubre de no sé qué año. Y pasó el tiempo…, construyendo destinos, como soplos al viento.
Y pasó el tiempo. De la mano de Nini, llegó Juan Pablo a la puerta de mi casa, en Ginebra. Para luego, días después, en Lausanne, con un montón de sonidos, con camisas prestadas –no llegaron las maletas-, iluminar el cielo helvético con cantos patrios. Era otro 9 de octubre y de nuevo volvió Luis Augusto, para volver a irse.
De la mano de Juan Pablo recibí, un año después, y que es un tesoro para mí, un autógrafo, pa’mi solito, de Aldemaro Romero, regalándome un “Para Diego, de Aldemaro Romero, Vals para Clementina” que no tiene precio y ocupa un gran lugar en mi corazón.
Juan Pablo, él que tiene la mirada de mi hermano pequeño, me lleva a Sergio. Sergio, qué cosa no?, él sólo fue una voz, que en mis días viernes, me llenaba de pócimas radiales para todo tipo de males y que, de repente, se transfigura en persona una noche de marzo.
Y esa noche, al sólo entrar en esa casa, me pierdo en los profundísimos ojos de Ana María, cantamos cumpleaños feliz…, bueno yo lo descanté, como es usual en mí cada vez que abordo una nota musical. Mientras descantaba, miro a Ana María y recuerdo su canción “Pueblos” desgranado en un festival de ignoto recuerdo. Largos pueblos a la orilla de largas carreteras que llevan a quien sabe a dónde. Pueblos que venían, llegaban y se perdían mientras mi tío se comía kilómetros. Yo me los bebía mirándolos detrás de la ventanilla, en tardes interminables, mientras Mirna Ríos cantaba “Buscaba mi alma, con afán…” y Maracaibo se hacía esperar por las carreteras de Carora.
Pueblos… y Toby con sus ojos de niño inquieto…
Odaliz se hace presente para tomar un algo, para comer un algo en una esquina de la noche valenciana. Odaliz y su novio directo de Liverpool, ella y su carcajadota. Odaliz me recuerda a otra Odaliz, pero con s, aquella que me llamaba Diego-ego por los pasillos de la Ucab. De repente, un día después, se me aparece Helena, la prima que siempre hubiera querido tener. Ella con sus ojotes mirándome y yo intentando bajar 2 o hasta 1000. Pero no soy perfecto, lo siento.
Y me devuelvo. La Ucab. Entre sus pasillos me enamoré…, pero quién no se ha enamorado entre los pasillos de alguna universidad. Pues, me enamoré, pinté castillos medievales, muchas almenas con crespones de múltiples colores. Pero llegó el invierno y desdibujó tanto garabato. Esa es otra historia la cual sobreviví, que me hizo crecer, me dio buenas raíces y que miro diciéndome: “Carajo, cómo pude”. Cuántas veces, en la vida, no nos toca decirnos, para no caernos a una autoflagelación, un sonoro “carajo…, cómo pude?”.
De la Ucab también tengo valiosas joyas…, por ejemplo. Rosemary, su esposo, sus hijos, que se me abren cual patilla, para hacerme sentir en familia.
Ucab…, qué de recuerdos. Verdad Marisela? Marisela, la que entendió la vida mirando tele. La que hizo su pasatiempo parte de su vida, mientras Joaquín, el Rivera, les mandaba a organizar la vida a algún grupo entre los bastidores de un Miss Venezuela. A veces la producción muestra sus dientes…, pero qué bueno es ver el trabajo realizado. Esa vida de Sísifo en un país de comiquita.
Miro a mi alrededor y recuerdo, es memorable, la triste historia del impronunciable y de su amigo que hace eco de su mandato. No sé, pero siempre son dos, como las caras de una moneda. Uno piensa y el otro lo complementa. Uno piensa y el otro ejecuta. Un particular “Don Quijote y Sancho Panza”. El día y la noche. Ellos…, los que a punta de tipp-ex borran amistades democráticamente. Destruyen hermosos rosales regándolos con la hiel más pura de tanta soledad. Y se debe aplaudir, pues ellos son los dueños y señores de lo virtual. Ellos en su eterno vals de espejos deformantes, donde sólo ellos se ven, donde siempre están en eterna competencia. Es triste ver tan silenciosa danza. Lo siento, el veneno debe salir por algún poro o me muero.
Y respiro profundo, para volver a lo más bonito de estos recuerdos.
Y veo a Carmen…, la propia mecanógrafa en su BlackBerry, cuatromilquinientasveinticuatro palabras por segundo. La que me hace reír en plena madrugada al escuchar la entrega de uno de sus dulces mensajes. La que me hace partícipe de su vida aun sin conocerme, la que me lleva de regalos virtuales y me baila sevillanas vestida de faralaes. También aparece Marialejandra con su risota, con su hermosísima foto del sol que se pierde, con sus cuentos camino a Caracas, de lo absurdo que puede ser un país mientras nos perdemos en el tropel de la Plaza Venezuela.
Antes, cuatro horas antes, de tomar mi rumbo…, miro su mensaje y cuando menos lo esperaba, llegó Esteban, el caballero super caballero, perfumando el día con su risa, con su presencia y uno lo agradece…
El sortilegio se hace presente un 30 de julio. “O pato” y mi Ave Migratoria me mira con picardía. Vainas de 21 años de vida, que nadie entendería y no viene al caso. Luego Lucia, mirándome, desde la penumbra, me dice un: “Para Usted…” El “Para Usted” más bonito que me han dicho en toda mi vida y, cursi yo, mis ojos, en este momento, se vuelven a aguarapar como aquella noche y uno de mis hermanos, a mi lado, me pregunta: “Por qué lloras?”. No respondí…, un largo suspiro y una sonrisa.
La vida es extraña. Nos regala instantes, trozos de nosotros, vestidos de pasados, que se pierden en algún lugar de nuestra masa encefálica, ocupando lugar y que, mira por donde, ni nos damos cuenta, que se ocultan allí. Y se quedan, como perdidos, para luego volver justo cuando ellos quieran. Pues, algunos recuerdos, tienen vida propia.
Pero, de nuevo, llega ella, la voz, de aquella tarde de 1982. Nunca pensé que su voz se transformaría en voz de una amiga, esa que nos mira profundo, la que dice un “carajo”, un “no joda” celestial. Te toca tus recuerdos, juega con ellos y uno agradecido por ello. Ella se hace cómplice regalando mangos y mi madre vuelve a ser niña. Me lleva, de su mano, caminar por Ginebra lleno de “chispitas”. Y nos regala un “me queda el consuelo” de lujo y Aldemaro sonríe.
Qué puedo decirles de Mi Dulce Esperanza? La que canta con los ojos cerrados y nos lleva a su mundo de sonidos y de recuerdos. La que, por ejemplo, nos trae a Eduardo Serrano, de 17 años, y nos lo hace cotidiano, la que nos descubre otro Simón Díaz, nos hace ver el sombrero de José Vicente Torrealba, la que nos regala sus particulares chispitas al hablar de Graciela.
Por algo la noche de mi ciudad te despidió en pie, por algo la luna se ocultó para no sentir celos de tu voz, de tu presencia, de tus ojos…
Gracias a todos Ustedes por ser testigos de esa noche.
Dulce Esperanza 2

Y gracias a ti, Mi Dulce Esperanza por ser, por estar, por adornarme la vida con un hermoso recuerdo.