miércoles, mayo 27, 2009

La Noche de los Valientes:

Grupo meco

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Parte de mi ciclo básico común -de 1ro a 2do años- fue, sencillamente, desastroso…, ni siquiera se podría definir como malo. Fue completamente y absolutamente tétrico. Tan asqueroso fue ese ciclo que la dirección del colegio decidió, que si yo me apartara, aunque fuera una micra, de lo salesianamente era correcto, desde el punto de vista académico, cursando el 3er año, saldría del colegio para nunca más volver. Ni les cuento el efecto en mi familia, esa es otra historia y, compréndanme, no viene a cuento.

Lo cierto que todo ello tuvo su efecto.

Les cuento. Después de una hemorragia dolorosa de 01, 03, 05, 08 se escuchó, por fin, un 10 y con el consecuente suspiro largo de los contados sobrevivientes, nos mirábamos como si fuéramos bendecidos por un extraño dios menor. Luego de unos cuantos 10, de un 13 quedaban dos alumnos sin sus respectivos resultados. Juan Carlos C. y yo. Nuestras caras eran las naturales. “Del deber cumplido”, la de él y yo con la mía de “Y dónde está mi examen?”

“Juan Carlos, 16 puntos”. Silencio teatral y de repente logré -con la cara de estupor de mis compañeros- oír, en la particular voz de Heberto Arias -QEPD-, un 20 en el primer examen de química. 20 puntos. Mi primer 20. En la vida todo es posible, todo depende de la motivación y, por supuesto, de las ganas. La anécdota es parte de mis recuerdos más queridos.

En octubre, del año del señor 1977, se iniciaba un época importante en la vida de muchos de nosotros, un cuarto año “B”. Crisis total para muchos de nosotros, siempre éramos la sección “A” y de repente pasamos ser la “B”.

La siempre eterna dirección del colegio decidió unir los 2 terceros años, del periodo escolar 76-77, y hacer una larga lista de alumnos y partir la lista por la mitad confeccionando los 2 cuartos años. 4to “A” comenzando con la letra A y 4to “B” desde la letra J.

Muchas sorpresas nacieron de ese 4to año “B”. Entre las mejores, y absolutamente maravillosas, fue la presencia de José Maximiliano P. como compañero de aula. Él, y por tu titánico esfuerzo, fue quién, después de unos años de su extraña mudez, resucitó el sonido de la Banda del colegio. Volvieron a resplandecer bajo el sol de mi Valencia los metales de las trompetas, de las liras, la ronca voz de los tambores, el estruendo del bombo, la sonrisa de los redoblantes…

También ese 4to año, como profesor de Literatura y Consejero, nos regaló al padre José Luis. Él llegó con ese aire fresco que jugaba entre las columnatas verdes del Colegio y su Tormenta Tropical en medio de tanta sotana caduca. También a Padre Adrián, director desde hacía un año, como profesor de química y, sobre todo, con su fina y maravillosa ironía. También nos regaló a Oscar S. y a Javier Tobón -QEPD, cómo olvidar su sonrisa?-

Terminaba el año 1977 y, era inevitable, llegó Star Wars al cine Alfa y, con la película, la versión de grupo Meco del tema de Star Wars a nuestras vidas. También llegó el mes de marzo de 1978, y luego de unas jornadas de “Retiro espiritual” en San Antonio de los Saltos, del cual salimos vuelto locos -en el buen sentido de la palabra-, nada volvió a ser lo mismo en el colegio. Se nos sembró semillas que germinaron de forma distinta, cada quien a su aire, pero germinaron y de qué manera. Un inusitado “Pentecostés” en donde hablaban hasta las piedras y hacían florecer a los olvidados rastrojos. La primavera de la adolescencia, Barabarella -la superdisco-, la visita diaria al Colegio El Pilar, frente a la Iglesia La Pastora. El efecto de las faldas verdes en la mente de nosotros era inevitable.

Siempre me ha gustado bailar y, aunque no sea lo más humilde, no se me da nada mal. Les comentaba que era un año de cambios y entre tantos cambios se me ocurrió -qué riñones tuve yo- hacer una coreografía con la música de Star Wars. Presentar un ballet en un colegio de sólo hombres. Cisma en todo el sentido de la palabra. Era explicable. Lo cierto que se me ocurrió llevar semejante cosa como la participación de 4to año “B” en el acto cultural en honor a nuestras madres.

No fue fácil. En primer lugar fue buscar los que me acompañarían en tan inusitada tarea y soportar las críticas -las hubo y muchas- de los machistas italianos de la sección “B”. Los primeros que me secundaron en mi absurda idea, aunque reticentes, fueron Nader N. y Luis Eduardo P. Después llegaron José Orlando R, Sergio Ramón P. y Juan Nicolás Q. Todos ellos con unas dotes que ni John Travolta. Nunca en mi vida he visto tanta algarabía de pies izquierdos sordos, monumentales campanas de trapo, cinturas de cemento -casi de hormigón-, una movilidad de placas tectónicas y severos, increíbles, problemas con el ritmo…, pero con mucha buena intención, ganas. Y sabían, por lo menos, contar del uno al ocho.

Los ensayos comenzaron en abril bajo la tutela de Oscar S. y de la cara de “Dios dónde me metí” de Javier Tobón. Lo primero era escuchar las música, hacerle un guión aceptable, estructurar la coreografía, enseñarle los pasos básicos a mis maravillosos bailarines -aquel un, dos, tres y cuatro- y cuando casi estábamos por tirar la toalla apareció por la puerta Carlos Leonardo P. El único, con algún sentido de la rítmica en eso del baile.

Javier Tobón fue quién una tarde no aguantó y, curándose en salud, nos dijo que debíamos buscar una mujer entre tanto hombre para esa coreografía. Y tuvimos dos, a Dios gracias. María, la hermana del aquel escultural Sergio P., y la hermana de Carlos P. -no recuerdo su nombre, mi memoria no es muy buena-.

Luego la confección de los trajes, las mascaras de cartón, aquellas medias pantys. Era vernos con medias pantys blancas y después morir. Los arduos ensayos de la lucha con aquellas pesadas espadas de hierro -más de una vez Carlos y yo les sacábamos chispas-

Y allí estábamos. Luis Eduardo -debido a sus fantásticas dotes para la danza- sacrificado a ser un tieso robot, completamente galvanizado en un traje plata. Juan, Sergio, Nader, José formando el grupo 1001, por sus figuras -un palillo, dos globitos, un palillo-. Carlos y su hermana vestidos de negro -Carlos se presentó con su casco de moto trasfigurado en un magnífico trabajo de artesanía-, María con tu albo traje y yo con aquella pesada capa, que me prestó Padre José Luis, para evitar que yo bailara mucho.

Y triunfamos, la verdad que triunfamos.

Esa noche fue nuestra. Era un orgullo saber que el entonces Padre Lucas se volvió loco a punta de tomar cualquier cantidad de fotos. Era el ser felicitados por los miembros de 4to “A”, todos ellos Olimpicos dioses, nuestros absurdos “enemigos” de aquella noche, era ver llegar a Oscar S., con su pierna jodida, brincar de alegría, era sentir los abrazos de Javier loco de contento y hasta el Padre José Luis estrenó brillo en los ojos. Era escuchar en los recreos, días después, la música que el padre Adrian colocaba -Star Wars en su versión original y a todo volumen-. Era ver luego a Carlos Leonardo P. deslumbrar, con su patineta, aquel 24 de mayo de 1978, a medio colegio.

Era sentirme importante cuando José Maximiliano P. me consultó si yo tenía algo preparado para el día de María Auxiliadora, de ese mismo mes, para coordinarlo. Era la presentación oficial de La Banda y yo le respondí: “Para nada…, La Banda es más importante y no soy quién para quitarle protagonismo”. Ya saben la adolescencia, la fatua vanidad y las enormes ganas de protagonismo -todos hemos buscado nuestro particular momento de gloria. Si no, espero ver quién tira la primera piedra?-.

Lo cierto, amigos míos, que pasaran los años y las palabras, el olvido quizás anidará en nuestra memoria alimentándose de nuestros recuerdos. Puede ser que algunos ni se acuerdan de esos momentos. Algunos ya no tenemos cabello, otros tenemos un barrigón de película, orgullosas papadas, colecciones de arrugas, algunos divorciados y hasta viudos…

Pasaran los días, los años, y de ello hace 31 años, pero jamás lograran que yo les olvide.

Gracias por estar y por ser.


Todo lo mejor para Ustedes.

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